“Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel” (Mateo 5:25).

Una de las lecciones que salen a la superficie en este pasaje y que debemos aprender es que los cristianos no deben entrar en pleitos. Es una reacción natural el correr a los tribunales exigiendo desagravio por daños e perjuicios. Pero el creyente se guía por principios más altos que las reacciones naturales. Es la voluntad de Dios que arranquemos de raíz esa tendencia de nuestra naturaleza.

Nuestros tribunales de justicia hoy en día están inundados con demandas por accidentes, procedimientos ilegales, casos de divorcio y reclamos de herencias. En muchos casos, la gente se apresura a ir con el abogado con la esperanza de hacerse ricos rápidamente. Pero el cristiano debe arreglar sus problemas con el poder del amor sin recurrir a un proceso legal. Como alguien ha dicho: “Si entras en un proceso legal, entonces éste te atrapará, y tendrás que pagar hasta el último céntimo”.

El único que tiene la seguridad de ganar es el abogado; su paga está asegurada. Una caricatura describía un proceso de este modo: Un querellante tiraba de la cabeza de una vaca, otro de la cola, mientras tanto, el abogado la ordeñaba.

1 Corintios 6 prohíbe expresamente que los cristianos vayan a los tribunales unos contra otros. En primer lugar, deben llevar sus disputas a alguien sabio de la iglesia. Pero aún más allá de eso deben estar dispuestos a sufrir el agravio y ser defraudados en vez de ir a los tribunales, ante los jueces del sistema de este mundo. Esto, de paso, excluye todos los casos de divorcio entre parejas de creyentes.

Pero, ¿qué ocurre en esos casos donde hay un creyente y un incrédulo? ¿No debe defender el cristiano sus derechos? La respuesta es que sería mucho mejor renunciar a sus derechos para demostrar así que Cristo hace la diferencia en la vida de una persona. No hace falta vida divina para entablar un juicio contra alguien que le ha agraviado. Pero sí hace falta para encomendar su causa a Dios y usarlo como oportunidad para testificar del poder de Cristo para salvar y transformar. “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18).

“Un hombre comenzó a construir una valla entre él y su vecino. El vecino vino y le dijo: ‘Cuando compraste esta parcela, compraste un juicio con ella. Esta valla está metida más de un metro en mi finca. El hombre contestó: ‘Sabía que iba a tener un vecino agradable. Te sugiero lo siguiente: Pon la valla donde creas que deba ir, envíame la factura y te la pagaré’. ¡Nunca se levantó la valla. ¡No había necesidad!’” (E. Stanley Jones).

William MacDonald

De día en día ("Editorial Discípulo")